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"In vino veritas", es decir, "en el vino está la verdad", dejó escrito Plinio el Viejo en el siglo i d.C. Y el gran Séneca explicó, también en el siglo i, que "el vino lava nuestras inquietudes, enjuaga el alma hasta el fondo y asegura la curación de la tristeza".

L a historia de la cultura occidental y la del vino corren paralelas desde hace milenios. Y si bien es cierto que muchos expertos sitúan el nacimiento del vino en el Caúcaso, no lo es menos que fueron los romanos quienes impulsaron el cultivo de la vid por Europa e hicieron que el vino dejase de ser un privilegio de la élite para estar al alcance de todos, desde el más bajo esclavo al más poderoso emperador.

Virgilio, Catón, Plinio, Columela y muchos otros escribieron que el vino era un bien necesario y de consumo diario y contaron cómo Roma extendió la cultura del vino por Europa al mismo tiempo que sus conquistas para asegurar el sumnistro a legionarios y colonos y los beneficios de sus comerciantes.
El vino se obtenía por el pisado de la uva pero también por el prensado, tras el que el mosto se almacenaba en gigantescos recipientes de barro en los que el vino fermentaba antes de envasarse en ánforas. Ánforas, cuyos restos –o testas– cuando estas se rompían, eran arrojados a un vertedero específico para ello. De la devoción de los romanos por el vino, da idea el hecho de que ese vertedero, con el paso de los años, llegó a tener 20.000 metros cuadrados de base y una altura superior a los 35 metros hasta convertirse en el actual monte Testaccio.

Otro ejemplo de la pasión romana por el vino lo encontramos en las ruinas de Pompeya, que en el año 79 fue sepultada por la erupción del Vesubio. Su población se calcula entre 10.000 y 20.000 personas, pero el número de tabernas sepultadas por la lava supera las doscientas. Y del emperador Cayo Julio Vero Maximino, que reinó en el siglo iii, cuentan sus biógrafos que en una sola comida llegó a comer 16 kilos de carne y a beber 32 litros de vino. Un vino que, apuntan los historiadores, se consumiría muy fresco, al gusto de la época. De hecho, en muchas casas romanas se almacenaba en sótanos bien aislados hielo para enfriar el vino durante el verano.

Incluso hay quien mantiene, aunque es teoría muy discutida, que la caída del Imperio Romano se debió en parte al saturnismo o plumbosis, el envenenamiento progresivo debido a la ingesta de plomo, que produce trastornos físicos y mentales, así bautizado en honor a Saturno, el dios que devoró a sus hijos. Las clases bajas bebían el vino sin mezclar o rebajándolo con agua, pero los emperadores y acomodados patricios preferían rebajarlo con sapa, un preparado obtenido cociendo el mosto para reducirlo en ollas de plomo para endulzarlo y que, por supuesto, desprendían acetato de plomo.
Sea como fuere, la crisis que supuso el fin de Roma también ocasionó una gran crisis en el mundo de la cultura del vino que durante varios siglos quedó casi restringida a los monasterios por la influencia del vino en la cultura católica. En cualquier caso, y siguiendo el dicho romano, no olvidemos que Bibere humanum est, ergo bibamus, es decir, "Beber es humano; por tanto, bebamos".

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